lunes, 12 de noviembre de 2018

Anna Casanovas presenta...Buenas intenciones


Hoy sale a la venta lo nuevo de Anna Casanovas, Buenas intenciones, una novela especial, compleja y que se adentra en aspectos relacionados con Jane Austen muy interesantes a la vez que se va desarrollando la historia del presente entre Manel y Anne.

Esta presentación es distinta porque Anna nos regala un capítulo inédito de su historia, una capítulo donde podemos conocer un poco más a Manel, el protagonista masculino, y que contiene un vistazo al pasado que enociona. Muchísimas gracias!!

Cuéntame qué te ha parecido y si crees que esta novela de la autora se va a colocar en el top de tus lecturas favoritas, yo estoy convencida de que será así en mi caso.



Manel y las cartas de Tom Lefroy

Intentó no darle demasiadas vueltas a la coincidencia de fechas. No tenía importancia. Aquella visita a Boston la había planeado semanas atrás, hacía meses que no se tomaba un descanso, casi un año, y si no salía del laboratorio acabaría volviéndose loco. Las reuniones en la universidad no contaban como descanso, había insistido Prisha y sus padres habían amenazado con subirse al primer vuelo que saliera de Barcelona y plantarse en casa para obligarle a dormir y a comportarse “como una persona normal”. La verdad, sonrió al salir del aeropuerto, era que no le habría importado ver a papá y a mamá, les echaba de menos y sus visitas siempre servían para hacerle reír y recordarle que era humano.
Se estaba poniendo dramático y sabía de sobra que esa actitud le llevaba a cometer errores o a tener ideas brillantes. Recordó el día, mejor dicho, la noche que se le ocurrió la primera línea de código de Buenas Intenciones. De eso hacía unos años.
Subió a un taxi y en cuanto el vehículo entró en la ciudad sacó una foto desde la ventana para mandársela a Prisha, su mano derecha en el laboratorio y la responsable de mantener, dentro de lo posible, su salud mental. Ella contestó al instante:

Podrías haberla falsificado, pero solo a ti se te ocurre ir a pasar un fin de semana en Boston y no en una playa soleada de Méjico. Haz todo lo que yo haría ;-)

Manel le había dicho a su amiga que iba a visitar a antiguos colegas del M.I.T y que le apetecía rememorar las juergas universitarias. Sabía que Prisha no había acabado de creerle, pero cuando le enseñó el billete dejó de insistir. «Al menos no vas a estar trabajando, le dijo, y procura no pensar tampoco en Jane. Necesitas unas vacaciones.»
Lo de Jane no iba a cumplirlo.
Dejó la bolsa en el hotel, intentó no fijarse demasiado en el enorme reloj que colgaba en el vestíbulo y que señalaba también la fecha en la parte inferior. Era un idiota por acordarse de esas cosas. Abrigado e impaciente volvió a la calle y se dirigió hacia el barrio de Cambridge donde se encontraban los mayores mercados de antigüedades y tiendas especializadas. Había preparado una lista, se había intercambiado correos con unas cuantas y había un local que ocupaba el primer lugar. El propietario, un militar retirado, le había contado que estaba especializado en manuales y cartas de navegación ingleses y que entre sus últimos hallazgos había uno que había pertenecido a un almirante de apellido Austen.
Era un tiro a ciegas, el apellido Austen no era tan raro, pero un cosquilleo le recorría la espalda a Manel desde que había recibido esa información.
La tienda, un local casi oculto en medio del bullicio de Cambridge, estaba abarrotada de vajillas antiguas, libros de piel, papeles, lámparas y sofás destartalados. Al fondo había un mostrador y tras una luz amarillenta un señor con gafas y lupa en mano inspeccionaba una vieja fotografía.
-En seguida estoy con usted -lo saludó.
-Soy Manel Beltor, hablamos por correo hace unos días.
El señor levantó la mirada.
-Beltor, sí, las cartas navales están en esa mesa de allí. Usted mismo, écheles un vistazo. La que le interesa está en el cajón, se la guardé cuando me dijo que pasaría a verla.
-Gracias.
Tuvo el impulso de salir corriendo. Le sucedía a veces, en especial cuando tenía el presentimiento de que podía descubrir algo que le obligase a replantearse qué estaba haciendo. No tendría que haber viajado a Boston ese fin de semana, tendría que haber buscando una fecha que no significase nada.

Londres, el mismo día… unos años antes.

Llevaban un mes juntos. Un mes. Desde que la había conocido cada día era distinto, era como si al entrar Anne en su vida le hubiese abierto el mundo o le hubiese enseñado a verlo, a vivirlo de otra manera. Era difícil de explicar, él siempre se había considerado una persona feliz. Sus padres le querían y le apoyaban en todo lo que hacía, incluso cuando ganó la beca y les dijo que se iba a estudiar a Londres. Papá le dijo que se las apañarían sin él, que fuese a por sus sueños y que el bar de Sants siempre estaría allí. Mamá le exigió que no pasase las veinticuatro horas pegado al ordenador y que hiciese el favor de pasarlo bien en Inglaterra. Las máquinas pueden esperar, Manel. Por eso había buscado un trabajo que no tuviese nada que ver con los estudios y hacer de camarero le había parecido lo más lógico; había crecido en el bar de casa. Esa decisión le había llevado hasta Anne, aunque en sus entrañas sabía que la habría acabado encontrando fuera como fuese.
Hoy hacía un mes de su primer beso y él llevaba toda la mañana pensando en lo curioso que era que algo tan imprevisto e incontrolable como enamorarse pudiese tener tanta importancia en su futuro. Ahora ya no se imaginaba esos proyectos, esos sueños, en soledad, veía a Anne a su lado. Juntos iban a poder hacer todo lo que tenían miedo de no conseguir por separado.
Salió de clase y fue andando hasta la habitación que tenía alquilada, tenía que estudiar antes de entrar a trabajar. Le había sido imposible cambiar el turno y no iba a poder ver a Anne hasta mucho más tarde. Pero iba a ser antes de las doce. De un modo u otro iba a decirle que él, el chico de los códigos y de las deducciones lógicas, había encontrado algo que no podía explicar y sin lo cual se veía incapaz de vivir. Se obligó a centrarse en lo que estaba haciendo, tanto en el proyecto de la universidad como en el trabajo cuando empezó el turno más tarde en el restaurante, y cuando por fin llegó la hora se cambió y fue a buscarla. Habían quedado en un café cerca de Covent Garden, ella lo estaba esperando cuando llegó. La observó desde fuera, a través de la ventana, jamás se acostumbraría al vuelco que le daba el corazón cada vez que la veía, y buscó a tientas el paquete que llevaba en el bolsillo del abrigo. Era una tontería, pero no había podido evitar comprarlo.
Ella le sonrió cuando lo vio y Manel, que hasta entonces estaba convencido de que poseía un alto nivel de autocontrol y que nunca se apresuraba, casi corrió hasta donde Anne estaba y sujetándole el rostro con las manos la besó.
-Hola.
-Hola -Anne sonrió y lo abrazó sin decir ni una palabra o tal vez diciendo las únicas que importaban.
Él no comprendió cómo era posible que eso fuera a más.
-Te he traído un regalo, hoy hace un mes… te he traído un regalo. -Dejó el paquete en la mesa y se sentó. Aprovechó que tenía que desabrigarse para apartar la mirada y ver si así se tranquilizaba un poco. Oyó que ella rompía el papel con cuidado.
-Oh, Manel, me has comprado un pingüino.
-No es nada.
-Es… es -tragó saliva- lo es todo.
No lo era, era un peluche ridículo que cabía en la palma de la mano. Tenía los ojos saltones de plástico azul y negro y brillaban porque estaban rociados de purpurina. Lo había visto en un quiosco que había cerca del metro unos días atrás, había entrado a comprar unos chicles y al verlo supo que tenía que regalárselo a Anne.
El pingüino se quedó en la habitación de Manel, Anne lo llevaba siempre en el bolso, le había cosido una tira de piel y lo utilizaba de llavero, hasta que un día se le rompió y lo dejó allí para arreglarlo. No lo hizo nunca, no pudo o no quiso, y Manel se lo llevó de allí cuando se fue.


-¿Es eso lo que estaba buscando?
La voz del anticuario le obligó a reaccionar y a dejar de torturarse con algo que no tenía importancia y que él ya había olvidado. De acuerdo, olvidar no lo había olvidado, pero hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que lo mejor que le había pasado en la vida había sido que Anne desapareciera de ella.
-Todavía no lo he visto, lo siento, me he distraído. Hay tantas cosas aquí -improvisó.
El anticuario sonrió y se acercó a él esquivando los muebles más grandes, parecía una comadreja. Abrió el cajón y sacó la carta naval en cuestión.
-Puede sentarse allí. -Señaló una silla moderna, de oficina, que estaba completamente fuera de lugar allí dentro.
Manel asintió, tenía que centrarse, había ido allí porque cuanta más información pudiese encontrar más perfecta sería Jane. Levantó con cuidado la cubierta de cuero, el nombre H. Austen era legible en el margen derecho de la primera página. Las pasó una a una con cuidado, había información sobre el viaje que había emprendido el navío, la ruta que había seguido y distintos incidentes que habían sucedido a bordo. Él sabía que Henry Austen, hermano de Jane Austen, había sido militar y que otro de sus hermanos, Charles, había participado en las guerras napoleónicas. Era posible que esa carta naval hubiese pertenecido a la familia Austen, pero también era posible lo contrario. Siguió pasando hojas y al llegar a la mitad se detuvo.
-Aquí hay algo, unas cartas -le dijo al anticuario que volvía a estar tras el mostrador.
-Es frecuentes en los libros antiguos que haya cartas o fotografías dentro. Mírelas si quiere, si le interesan también puede comprarlas.
El hombre parecía muy concentrado en lo que estaba haciendo, así que Manel inspeccionó por su cuenta y desplegó con mucho cuidado la primera hoja de papel.

Querida J,

Cuando alguien me pregunta por qué miro las estrellas les digo que es una afición más, pero lo cierto es que lo hago porque tú estás allí.

T.

Era imposible que esa carta fuese de quién él creía, completamente imposible, aun así, se le encogió el estómago y le costó respirar. Volvió a doblar el papel con cuidado y pasó el dedo por encima del grueso de cartas. Había muchas. Cerró la carta de navegación para protegerlas en su interior y fue en busca del anticuario. Pagó el precio que le solicitó sin rechistar, ni siquiera regateó como era habitual en esa clase de transacciones y volvió al hotel.
Y se dijo que no significaba nada que hubiese encontrado aquellas cartas justo aquel día ni que hubiese metido en la maleta para ese viaje aquel ridículo pingüino que aún utilizaba para colgar la llave del laboratorio.

Hasta aquí este trocito que con tantas ganas de más deja de la historia de Manel y Anne. Puedes comprarlo desde ya mismo en digital y en físico pinchando aquí mismo: 

Nos vemos en la siguiente presentación.

6 comentarios:

  1. ¡Hola!
    Es un libro al que le eché el ojo cuando salieron las novedades, espero poder leerlo :)

    ¡Un besito!

    ResponderEliminar
  2. Hola! El otro día me lleve una gran alegría cuando vi que Anna publicaba nuevo libro. Sin duda lo leeré, pinta muy bien la historia.
    Besos!

    ResponderEliminar
  3. Hola :)
    En cuanto acabe la lectura con la que estoy ahora, me pongo con él. ¡Qué ganas!
    Besos

    ResponderEliminar
  4. ¡Pero qué ganas! Es que yo todo lo que toque a Austen... Lo necesito en mi vida.

    *______*

    ResponderEliminar
  5. No pinta nada mal este libro.

    Saludos

    ResponderEliminar
  6. La verdad no logro que el misterio que existe en esta novela me atrajera. varios puntos es demasiado largo, explica cosas que no son necesarias esto me hace pensar que si contiene 300 hojas o mas, pudo quedar en 100 o menos.
    Esta seca la narración.

    ResponderEliminar