Lo que arriesgué por ti, Marisa Sicilia

miércoles, 22 de mayo de 2019

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Título: Lo que arriesgué por ti
Autora: Marisa Sicilia
Género: romántica contemporánea
Editorial: Harper Collins Ibérica
Sinopsis:
Dmitry ha dejado atrás París. Ha perdido su negocio, a sus amigos, a la mujer a la que amaba. Los integristas han puesto precio a su cabeza y solo la protección de los servicios de inteligencia ha impedido que cumpla condena en prisión. Pero no a cambio de nada. Si quiere recuperar su libertad, tendrá que encargarse del trabajo sucio, la clase de misiones solo aptas para hombres sin escrúpulos, hombres de los que prescindir cuando dejan de ser útiles. Por eso no es buena idea enfrentarse a Antje, su supervisora en Berlín y la mujer que con una sola palabra puede hacer que sea expulsado del programa o que su vida carezca de valor. No, no deberían mezclar sexo y trabajo ni llevar su relación al límite. No pueden confiar el uno en el otro, ella está acostumbrada a ejercer el control, se aferra a los protocolos y las normas, ha llegado alto y se ha vuelto dura por el camino. Además, la prioridad es la amenaza terrorista que se cierne sobre toda Europa y pone en jaque a Berlín.
No, no encajan, ya salió mal otras veces, pertenecen a mundos muy distintos, no pueden permitirse que las emociones pongan en peligro todo lo demás, pero ¿y si lo arriesgan todo?

Que Dmitry iba a dar mucho juego es algo que ya se adivinaba en el libro de Nadina, un personaje con muchas más sombras que luces, en parte debido a la vida que ha llevado, a las decisiones que ha tomado pero obligado por las circunstancias o, al menos, no siendo del todo libre para escoger otras opciones, un hombre que ha estado mucho tiempo en el filo que separa el lado bueno del que no lo es tanto y que aquí sí que está atrapado en una vida que no quiere pero que se ve obligado a vivir si quiere librarse de la cárcel.

Este libro lo que leído en una lectura conjunta con Marta de El rincón de Marlau y hemos comentado cada escena y diálogo, hemos sufrido y reído, suspirado e indignado según iba avanzando la trama pero, sobre todo, hemos disfrutado muchísimo de este personaje del que tanto esperábamos y cuyas expectativas ha cumplido con creces.

Dmitry está en Berlín porque los servicios de inteligencia franceses le dieron esta opción tras los sucesos finales que ocurrieron en el anterior libro. Su pasado más que dudoso en cuanto a legalidad se refiere y su presente, inestable por todos los frentes, le ha hace decidir que sí aceptará este trabajo, pero su estancia en Alemania, bajo las órdenes de Antje Heller se convierte rápido en una pesadilla que le recuerda a todo lo que ya ha vivido.

Y es que Antje y su equipo no se lo ponen nada fácil. Este grupo de la inteligencia alemana, estadistas en su mayor parte, poco dados a la acción, chocan frontalmente con la forma de hacer las cosas de Dmitry; él quiere ir por libre, que le den margen para cumplir con su cometido, pero la necesidad de controlar cada paso hace que salten las chispas a cada momento.

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Si bien ves a Dmitry aquí como una olla a presión a punto de estallar, queriendo acabar con el trato y recuperando el dinero que le tienen bloqueado, Antje es, en aparariencia, todo control, una mujer fuerte que ha aguantado muchas presiones hasta llegar a donde está, que tiene que mantener esa fachada imperturbable y que, de repente, la atracción que siente por Dmitry la desborda y será prácticamente imposible que todo siga como hasta entonces porque lo que tenía que quedarse en una simple relación física deriva en algo más y será entonces cuando mayor sea el peligro de que sus secretos salgan a la luz.

La trama político-policial me ha parecido actual y verosímil, conjugando las estretegias de unos y otros, la sombra de peligro constante al que nos enfrentamos en occidente, reflejando los mecanismos por los que jóvenes se radicalizan, intereses ocultos de unos y otros para que todo siga igual aunque haya daños colaterales, la dificultad de enfrentarse a todos esos obtáculos para seguir siendo fiel a los principios de honestidad e integridad. 

Todo este telón de fondo tan actual y la forma en que Marisa lo trata da una gran agilidad a la trama, es casi como estar viendo una película porque todo el tiempo están pasando cosas, bien relacionadas con el trabajo y los peligros constantes, bien en su relación, que es explosiva al principio y que se va sosegando y anhelando algo más según avanza.

No podría elegir una de las dos historias, Nadina y Dmitry tienen su propio recorrido y a su manera ambas me parecen excepcionales. Una forma propia la que tiene la autora de sumergirte en la trama amorosa haciéndote estar al borde siempre con el escenario en el que se mueven los protagonistas. Son dos historias totalmente independientes y autoconclusivas, pero sí te recomendaría que leyeras primero a Nadina para comprender aún mejor a Dmitry. Y las últimas líneas para el final, impecable.

No dudes en sumergirte en este mundo que es en el que vivimos, con personajes imperfectos que toman decisiones correctas a veces, otras no, pero que siempre son consecuentes. En este caso viaja a Berlín de la mano de Antje y Dmitry y déjate llevar.
 

Marisa Sicilia presenta... Lo que arriesgué por ti

martes, 16 de abril de 2019

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Hola! En tan solo una semana ya estará disponible en papel la historia de Dmitri, un personaje que conocimos en Nadina y que tantas luces y sombras nos pareció que tenía llegará con su propia historia dispuesto a redimirse y conquistarnos. Si no podéis esperar ni un minuto más después de leer el comienzo de la novela a continuar con ella, mañana mismo, 17 de abril, estará disponible en digital!!

Quiero agradecer a Marisa, primero, estas historias tan intensas cargadas de matices y con unos personajes inolvidables y, segundo, la oportunidad de publicar el primer capítulo de Lo que arriesgué por ti para ir poniéndonos en situación y aplacar un poco las ganas de que llegue el día 24.

Aquí os dejo, pues, con el inicio de la historia de Dimitri:



C A P Í T U L O  1

El cielo es gris porque aún no ha amanecido, pero no se trata solo de la luz. Todo cuanto le rodea tiene el mismo tono áspero y apagado, las calles arrasadas, los edificios desmoronados tras años de guerra. No hay el menor rastro de vegetación y ni los mismos pájaros se atreven a quebrar el manto de silencio que envuelve Grozni.
Avanza con paso rápido a pesar de la sensación de peligro que sobrevuela el ambiente. El ataque podría llegar en cualquier momento, desde detrás de los restos del coche incendiado o a través de las sombras de una ventana. Nota el peso del Kalashnikov entre las manos y se siente algo más seguro.
El lugar aparece al doblar una esquina. Vuelve a experimentar la misma intranquilizadora desazón y se gira para comprobar que nadie le sigue. El paisaje está inmovilizado, es una foto fija de la destrucción, y al contemplarlo le asalta cierta sensación de irrealidad, la seguridad de que se halla en un territorio al margen de la lógica o la cordura.
Se acerca a la puerta improvisada. Un tablón sin cerradura ni bisagras resguarda dos habitaciones milagrosamente intactas en un edificio con los forjados perforados por las bombas de racimo arrojadas por la aviación.
—Adelante, adelante —repite una voz desde el interior.
Hay una mujer recostada sobre un sofá. Un gato escuálido salta de su regazo. Eriza el lomo y le enfrenta agresivo. Ya ha ocurrido otras veces. Ese gato le odia, le sacaría los ojos si pudiera. Ha visto con demasiada frecuencia el rencor en los rostros de los vencidos como para no reconocerlo. Las miradas de quienes se ensañarían a conciencia con su cuerpo, lo acribillarían, lo despellejarían vivo, le harían pedazos si tan solo les diese la más mínima oportunidad.
—Te esperaba.
El aspecto de la mujer es avejentado. Tiene el pelo gris, ralo y sucio. Hace meses que no se lava. Está la mayor parte del tiempo ebria. Y con todo, es lo mejor que ha conseguido encontrar.
—¿Ha ido bien? ¿Algún problema?
—Ningún problema. Pasa, entra a verla. No ha salido en todo el día. Ha sido una buena chica, muy buena.
—¿Seguro? ¿No ha salido? ¿En todo el día? —pregunta con una mirada gélida, avasalladora. Le sale sin dificultad. Aprendió el gesto al entrar en el Ejército y lo ha ido perfeccionando desde entonces. Le fue útil para sobrevivir a los entrenamientos y a los camaradas no amistosos, para sobrevivir a la guerra. Para sobrevivir.
—Seguro. No se ha movido de la habitación. —Lo dice convencida, pero todo lo que hace es beber vodka y dormir. ¿Cómo va a saber lo que ocurre durante las horas que pasa inconsciente?
Avanza hacia el interior y el gato enarca el lomo y bufa aún más hostil. El pelaje negro de punta y los ojos convertidos en inquietantes ascuas amarillas.
—Ocúpate de ese animal o lo haré yo —dice en un tono que no deja lugar a dudas acerca de sus intenciones.
La mujer se apresura a cogerlo. El animal se revuelve, lucha por liberarse y le araña el pecho. Ella trata de apaciguarlo y no lo suelta a pesar de las uñas clavadas en la piel.
—Es un amigo, Misha. Un amigo.
Se le ocurre que lo mejor que la mujer podría hacer con ese gato es buscar un pozo y arrojarlo dentro, pero ¿quién es él para juzgar los afectos de otros?
—Vete. Y llévatelo —ordena, y le da unos pocos rublos que la mujer guarda entre sus senos marchitos.
—Vamos, Misha. Daremos un paseo —dice antes de abandonar su refugio para enfrentarse a la madrugada espectral de Grozni. Usará el dinero para comprar alcohol y, si alguien intenta robárselo, no solo tendrá que lidiar con ella, también deberá enfrentarse a Misha.
Se queda solo y la vista se le va hacia la puerta de la única otra habitación. Empuja la hoja y la atmósfera cambia. Es algo tangible. Está oscuro, no hay ventanas, pero la temperatura es más cálida y en el aire flota un perfume débil, dulce, un hálito que se le impregna en la piel. Lo atrae sin remedio.
Guarda silencio y no tarda en distinguir una respiración baja e intranquila. El pulso se le acelera y un nombre brota de sus labios.
—Nadina…
Ahora la ve con claridad y el corazón se le queda en pausa. No da signos de haber escuchado, duerme profundamente, cubierta con una sábana que la cubre solo a medias.
Apoya el Kalashnikov contra la pared, se sienta al borde de la cama y la observa. Ella se agita en sueños. El pelo húmedo por el sudor se le pega a la frente. Hace poco que se lo ha cortado. Ocurrió justo después de que le dijera lo mucho que le gustaba cuando se lo dejaba suelto, así que evitó decirle que estaba incluso más bonita así, con el pelo corto como el de un chico.
La quiere de un modo que no consigue entender, contra toda lógica, con una fuerza que lastima, con el convencimiento feroz e irracional de que debe cuidar de ella. Por eso también soporta sus arañazos, sus ataques de pánico, las crisis de llanto; la sostiene para que no caiga cuando se asoma al abismo que amenaza con tragarse a ambos.
—¿Cuánto llevas ahí?
Y la desea aún con mayor intensidad de la que la ama.
Ha despertado y lo mira como si hubiese hecho algo sucio, aunque ni siquiera se ha atrevido a rozarla. Pero con frecuencia tiene la sensación de que Nadina adivina sus pensamientos y con eso es más que suficiente.
Lucha por no dejarse distraer. A menudo juegan a ese juego y es ella la que vence. No va a dejar que lo haga esta vez. Coge la mochila y saca un paquete del interior.
—Muy poco. Acabo de llegar. Iba a despertarte. Te he traído comida.
—No quiero nada. Llévatelo.
Se da la vuelta y arrastra consigo la sábana. La espalda —y más allá de la espalda— queda al descubierto. Duerme desnuda. Las únicas prendas que posee son las que lava antes de acostarse. Ha tratado de ocuparse de eso, pero no es nada fácil conseguir ropa interior de mujer en Grozni.
—¿Estás segura de que no quieres probarlo?
Tiene que ser paciente, tentarla.
—Está bien, me lo comeré yo. —Desenvuelve el paquete y le da un bocado a un muslo de pollo frío.
No hay respuesta.
—También he traído dulces.
Solo tarda un par de segundos en girarse.
—¿Qué dulces?
—Míralo tú misma.
Se incorpora sujetando la sábana contra el pecho y descubre el bollo relleno de crema.
—¿Está blando?
—Está recién hecho. Lo he robado del comedor de los oficiales.
Sonríe y Nadina también lo hace. Le calienta el corazón verla sonreír, pero le sujeta la mano cuando intenta coger el bollo.
—Aún no. Antes debes comer algo.
Hace un gesto de fastidio, pero no discute. Se sienta sobre la cama, coge un pedazo de pollo, le da un bocado y lo mastica con lentitud. Él no le quita la vista de encima. Ella lo nota. Le devuelve una mirada turbia, procaz, y deja caer la sábana.
—¿Contento?
Exhibe su cuerpo sin el menor pudor. Le provoca. Lo hace todo el tiempo, aunque no los primeros días. Los primeros días no dejaba que la tocara, huía cuando se acercaba y no permitía que se ocupara de ella. Cuando perdió a su familia por su culpa —eso fue lo que le gritó: «Tú, tú los has matado, tú has dejado que mueran»—, Nadina ni tan siquiera soportaba su presencia. Cuando la encontró drogada y sin sentido y le buscó un refugio para que no la destrozaran las alimañas que poblaban Grozni, ella aseguró que no le perdonaría nunca. Y cuando se puso violento y le gritó que era estúpida y la presionó para que le dijese cómo había conseguido el dinero con el que comprar la droga, ella le gritó a su vez y le explicó con todo detalle cómo había dejado que se la follara aquel tipo y luego le escupió que lo prefería, prefería a cualquiera antes que a él.
—Tápate.
Se ríe y se exhibe aún más. Adopta una postura obscena. Abre las piernas. La pose lasciva, abandonada, los senos despuntando, el vello púbico señalando el camino. Tiene el pedazo de pollo en una mano y la otra entre los muslos. Saca la lengua y hace un gesto vulgar. Lo hace como si fuese una broma, como si se burlase.
No sabe si Nadina alcanza a entrever la fuerza del deseo que provoca en él o si lo subestima.
Ojalá fuese lo segundo.
—¿No es esto lo que quieres?
Se abalanza sobre ella. La comida cae encima de la cama y ya no le importa si se alimenta en condiciones, le da igual si le manipula o si desearía más que ninguna otra cosa verlo muerto.
La besa como si fuera él quien llevase días sin comer y Nadina lo único que puede saciarle. La ama más que a cualquier otra persona u objeto por el que haya podido albergar amor, cariño o deseo a lo largo y ancho de su vida. Pero no tarda en notar su tensión. Y lo odia. Odia sentirla así: rígida, ausente, recordándole que no es más que un invasor y nunca será bienvenido.
Se obliga a frenarse, se esfuerza por llevarla a su terreno. Sabe cómo hacerlo, cómo hacer gemir de placer a una mujer, cómo conquistar a Nadina.
Succiona los brotes rosados de sus senos, toma posesión de su boca, devora su sexo. Ella se derrite, se vuelve dúctil y maleable, sensible a sus caricias. Suspira, se retuerce y gime.
El deseo es enloquecedor, absoluto. Necesita aplacarlo. No se quita el uniforme, solo libera la abertura del pantalón y la atrae con fuerza.
Nadina se queja con un gemido ronco. Le preocupa ser demasiado grande para ella, que es pequeña y estrecha, pero lo olvida, igual que lo olvidó la primera vez, cuando lo despertó en medio de la noche y le pidió que la dejase dormir junto a él y se acostó a su lado desnuda y temblando.
La ve cerrar los puños y morderse con fuerza los labios. Él la besa, murmura palabras apresuradas y dulces: «mi pequeña», «mi vida», «mi amor», «Nadezhna», «Nadezhna».
Ella suplica, le ruega:
—No me dejes. No te marches tú también.
—No te dejaré. Te sacaré de aquí. Nos iremos lejos.
Se lo ha prometido. Va a llevársela de esa habitación inmunda, de esa ciudad arrasada y maldita. Va a hacerla feliz. No importa lo que tenga que hacer para conseguirlo. Ha elegido un partido y lo sacrificará todo para entregárselo, para conseguir su perdón, para que también lo ame.
—¿Cuándo? —solloza mientras él toma una de sus piernas por debajo de la rodilla, la eleva y la abre para entrar más profundamente, todavía más, en ella.
—Pronto, muy pronto.
Su expresión refleja a un tiempo éxtasis y tormento. Nadina abre la boca, inclina la cabeza hacia atrás, deja todo el cuello expuesto. Tan delicada y frágil. La visión le perturba, le bloquea.
Apenas se resiste. Las manos se le van sin querer. Necesita acariciarla, hacerla suya, recuperarla. Ella deja escapar un quejido suave, se estremece, abre los ojos, sus grandes ojos oscuros, y se lo pide.
—Hazlo. Hazlo ahora. Sácame de aquí.
La realidad pierde consistencia. El aviso de alerta retorna, suena una y otra vez. ¿Por qué está allí? ¿Por qué ha regresado a ese lugar? Ya es tarde para rectificar. Debería haber prestado atención antes.
—Olvídalo.
Se aparta, pero Nadina le sujeta, le toma las manos y las coloca en torno a su cuello.
—Estará bien. Solo un poco. Tú sabes cómo.
Tiene razón, lo sabe, ha ocurrido más veces. Puede adivinar lo que sucederá después, lo que dirá. «Un poco más. Solo un poco más».
—Confío en ti. Sé que no me harás daño. Lo prometiste. Por favor.
Su piel cálida, su tono suplicante: «Por favor, por favor…».
Y es tan tentador, tan fácil ceder. Se ve haciéndolo. Estrecha su cuello, siente latir su vida en sus manos, reconoce el estremecimiento, la agonía, el vértigo, la lucha desesperada por tomar aire. Si se equivocase, si tan solo soltase un segundo tarde…
Sus ojos están vidriados. Lágrimas de rímel mojan sus pestañas.
—Hazlo, Dima. Hazlo de una vez. Acaba con esto.
Y ambos conocen la verdad, que en el fondo ella le aborrece y que en aquel instante él siente lo mismo hacia ella. Odia que le arrastre hasta ese punto, que le mienta. «Confío en ti». Mentira. Mentira. Mentira.
Cierra los ojos para no verla y sus manos se crispan alrededor de su garganta. Espera su lucha, su intento inútil por desasirse, pero no es Nadina quien trata de liberarse. Es su propio cuerpo el que se tensa, son sus pulmones los que se cierran, es a él a quien le falta el aire, quien se ahoga desesperado.
Y aunque no duda de que lo merece, reconoce algo más.
No quiere. No va a rendirse. Tampoco va a abandonar esta vez.

¿Qué te ha parecido? Cuéntame! Y antes de acabar, por si fuera poco, os dejo con el booktrailer: 



Nadina o la atracción del vacío, Marisa Sicilia

martes, 8 de mayo de 2018

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Título: Nadina o la atracción del vacío
Autora: Marisa Sicilia
Género: romántica contemporánea
Editorial: Harper Collins
Sinopsis:
Mathieu Girard es agente de los Grupos de Intervención de la Gendarmería Nacional, una unidad de élite francesa. Le gusta su trabajo y siente cierta atracción por el riesgo, que se empeña en negar y le causa problemas a la hora de mantener relaciones estables.
Es responsable y reflexivo y su situación afectiva no es su prioridad. En París y en situación de alerta máxima ante la amenaza de ataques terroristas, Mathieu deberá vigilar de cerca a Dmitry Zaitsev, un empresario ruso involucrado en negocios turbios que asegura que puede evitar que una letal partida de armas llegue a manos de los extremistas. Y también conocerá a Nadina.
Todas las señales le advierten de que no debe acercarse a ella, pero, cuando amas el peligro, eso no debería importar.

No sé cómo lo hace Marisa pero sus historias siempre son muchísimo más de lo que imaginaba. Nadina y Mathieu son dos personajes llenos de matices que te llevan de un lado a otro y solo puedes seguir leyendo porque hay acción desde el principio hasta el final. Y qué decir de Dmitry, vaya "antagonista", tiene que tener un lugar destacado en la historia porque con él nada es lo que parece.

Voy a comenzar hablando de Mathieu, pues con él arranca toda la trama. En el primer capítulo aparece con Catherine, la mujer con quien parece tener una relación, aunque no con mucho futuro. Él forma parte de un cuerpo de élite de la policía francesa, vendrían a ser algo así como nuestros GEO, están presentes en las situaciones más peligrosas, están altamente cualificados y se enfrentarn al peligro de forma constante. Además, Mathieu es un apasionado de la montaña, la escalada, el senderismo, le gusta el riesgo pero no es un tipo temerario, sabe calcular sus fuerzas y mide bien sus opciones en cada situación.

Todo su mundo va a dar un giro radical cuando le requieran para una misión delicada. El gobierno francés ha hecho un trato con un ruso influyente para que les entregue el nombre de células durmientes a cambio de que los cargos contra él se retiren. Para que todo vaya según lo previsto será Mathieu quien sea la sombra de este empresario mientras cierra el trato que hará que detengan a los terroristas.

Cuando va al local propiedad de Dmitry, el ruso en cuestión, conocerá a Nadina y todo cambiará. Esta chica es diferente. Original de Chechenia ha sobrevivido a situaciones muy difíciles, guerra, desplazamiento y ha perdido mucho por el camino. Para ella también es un shock conocer a Mathieu porque siente nacer en ella una esperanza y unas ganas de vivir que creía desaparecidas para siempre.




Toda la situación de fondo, con la sombra del terrorismo, los ataques, la misión por la que Mathieu está metido de lleno en una de las situaciones más peligrosas de su vida, está tratada de una forma excepcional. El justo equilibrio entre verosimilutud, respeto por un tema tan serio y el punto de tensión para hacer que avancen los personajes en su relación.

El comienzo es muy incierto, no sabes muy bien cuál es la relación real entre Nadina y Dmitry, si Mathieu antepondrá sus deseos a las órdenes recibidas y poco a poco van pasando las semanas, los lazos se van haciendo más fuertes, las confidencias son muchas y mucho más íntimas y ver esa evolución es un enganche. 

Por supuesto, hay escenas que son pura adrenalina, otras muy dulces, apasionadas, tensas y peligrosas. Un cócktel que hará que no puedas soltar el libro, literal.

Y ahora quiero hablarte de Dmitry. Al principo he entrecomillado eso de antagonista porque podría parecer que este libro va del héroe y de la chica que necesita que la rescaten del malo que la retiene. Y nada más lejos de la realidad. Sí, el ruso ha hecho fortuna en Francia de una forma no muy lícita y ha tenido un pasado militar, pero creo que sí es un personaje íntegro, a su manera, diferente de Mathieu, pero guiado por unos principios de superviviencia y amor hacia la chica que salvó del horror de la guerra. Dmitry es un personaje que creo que evolucionará mucho, porque sí, tendrá libro!, y que será excepcional ver su punto de vista, sus miedos, anhelos, su redención y su historia.

Si Marisa ya me conquistó con El último baile, con esta historia me ha ganado del todo. Ha sido todo un viaje recorrer París en los meses de verano junto con los protagonistas, visitar esos rincones especiales, vivir la tensión de las situaciones límite, sentir esa atracción del vacío y las ganas de tenerse el uno al otro. Sin duda, una historia que merece la pena con un final perfecto. Más que recomendable.



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Marisa Sicilia presenta...Nadina o la atracción del vacío

miércoles, 18 de abril de 2018


















Hola! En muy poquitos días Marisa Sicilia publica nuevo libro y creo que va a convertirse en una de las historias del año porque promete tener acción, amor, muchos obstáculos que superar y una ambientación espectacular. Se trata de Nadina o la atracción del vacío. Para aumentar un poquito más las ganas de leer hoy tienes aquí el primer capítulo de la novela y luego me dices si no lo has puesto en lo más alto de tu lista. Aquí aparece Mathieu, el protagonista masculino, y puedes ver una de sus grandes pasiones, los deportes de riesgo...




C A P Í T U L O 1





—¿En serio te tienes que marchar ya? ¿Tan temprano?

Mathieu interrumpió lo que estaba haciendo: comprobar que los cierres de la mochila estaban asegurados y no se dejaba nada que más tarde pudiese echar en falta. Catherine llevaba puesta una de sus camisas y nada más debajo. Ni siquiera al­guno de sus conjuntos de lencería de Agent Provocateur o La Perla o cualquier otra marca, cuya sola visión desataba en él los más bajos instintos. Los bajos y todos los demás. Aunque había una explicación para que Catherine hubiese renunciado a la ropa interior, la que lució la noche anterior había quedado inservible. No es que lo lamentase y ella estaba, si cabe, incluso más bella y provocadora así, con la camisa entreabierta y exhi­biéndose sin pudor.

—Sabes que sí —murmuró.

Había tratado de no hacer ruido para no despertarla, pero no lo había conseguido y ahora la tenía allí, tan cerca que debía recurrir a toda su capacidad de autocontrol para no comenzar a acariciarla. Tan suave, tan cálida… Recién levantada, los ves­tigios del sueño todavía en el rostro, la melena castaña revuelta y enmarañada, pero que le gustaba aún más que cuando la lle­vaba peinada y alisada. Y eso ya era decir mucho. Le encantaba cómo olía su pelo y, cuando pensaba en el sexo con Catherine, era aquel roce sedoso y perfumado lo que con más fuerza se le presentaba. Catherine dejaba a su paso un débil pero identifica­ble rastro de flores que inevitablemente le empujaba a ceder al deseo de ir tras ella. Por lo común conseguía dominarlo. Estaba en su naturaleza y, por si no fuera suficiente, se había entrenado para ello: para evitar las acciones impulsivas.

—Armand llegará en veinte minutos y los demás nos están esperando en el refugio. No puedo retrasarme.

—¿Y si somos rápidos?

Se acercó aún más, apoyó los brazos sobre sus hombros y las manos en su nuca y lo besó sin ninguna prisa. Sus labios dulces y sus senos apretando contra su camiseta, su vientre desnudo contra la abotonadura del pantalón tipo cargo que vestía. A eso se le llamaba poner las cosas difíciles.

No intentó resistir más. Le abrió la camisa y la cogió por la cintura mientras su boca tomaba una iniciativa que Catherine no dudó en cederle. Tampoco ella perdió el tiempo. Apresura­da y a bruscos tirones, le arrancó la camiseta.

La levantó a pulso. Ella enlazó las piernas por detrás de sus caderas. Sus cuerpos estrechamente unidos. Sabía que aquello le gustaba. También a él. Tras su apariencia formal y cuidada, Catherine ocultaba un lado más vibrante y exigente. La primera noche que pasaron juntos, cuando se quedó desnudo ante ella, tuvo la sensación de que acababa de pasar un examen. La mirada de Catherine decía que no se habría conformado con menos.

Después de todo era muy bella, pensó al contemplar su ros­tro, sus labios llenos y sensuales, en el momento exacto en el que el placer hizo que los entreabriera húmedos y apetecibles.

No midió el tiempo. No conscientemente, no era tan ruin. Pero no pudo ser casualidad que cuando ya reposaban sobre la cama deshecha, su reloj le avisase de que faltaban solo cinco minutos para su cita.

Los brazos de Catherine aún le rodeaban el cuello. Mathieu notó al instante cómo la languidez desaparecía y se ponía en tensión.

—Vas a irte, ¿no es así? Vas a hacerlo de todos modos.  

De nuevo tuvo una de esas certezas que a menudo le sobre­venían cuando estaban juntos: la de haber cometido un error.

Se incorporó, todavía sin alejarse demasiado.

—Escucha, ¿por qué no vienes con nosotros? No tienes que quedarte aquí sola.

Lo miró como si le hubiese pedido que lo acompañase a la luna dando un paseo.

—¿A ascender por un desnivel vertical de quinientos me­tros?

—Podrías hacerlo. Estás en forma. Podrías conseguirlo si te lo propusieras.

Lo dijo de veras. No lo habría afirmado si no pensara que era cierto. Pero la actitud de Catherine se tornó a la defensiva. También compartían eso. Los dos tenían un carácter fuerte.

—No voy a escalar montañas solo porque tú necesites en­contrar a cada momento nuevas ocasiones de jugarte la vida. Te lo dije desde el principio.

Advirtió el peligro. Lo mismo que en otros ámbitos, si se arriesgaba, no era porque ignorase las posibles consecuencias, era porque pensaba que podía mantenerlas bajo control.

No quiso entrar en su juego. Se centró en lo inmediato.

—También yo te avisé de que este fin de semana iba a subir el macizo de Sialouze y aun así decidiste acompañarme.

—¡Son los primeros días libres que te tomas en seis meses!

El aviso de mensajería instantánea del móvil puso un punto y aparte nítido y cortante al reproche.

La frialdad impermeable que adquirió su expresión hizo que el arrebato de Catherine se esfumase tan pronto como había aparecido. Bajó el rostro como si diese la discusión por perdi­da. Mathieu sabía que entre sus muchas virtudes estaba la de ser una mujer inteligente. Se arrepintió. Quizá ella tenía razón y estaba actuando de un modo egoísta. Llevaban ocho meses juntos y ambos eran conscientes de que se encontraban en un momento delicado. Debían decidir si realmente estaban dis­puestos a intentarlo o arrojaban la toalla.  

—Ven conmigo —dijo suavizando la voz—. Avisaré a los chicos y les diré que no me esperen. No subiremos a Sialouze. Buscaremos una pared más sencilla. Tú y yo. Solos. Juntos.

Era lo más parecido que se le ocurría a un acuerdo de paz y era justo para los dos. Le suponía una renuncia. Los dedos le ardían cuando pensaba en acariciar el muro de roca de Sia­louze. El esfuerzo que requería la ascensión, su cuerpo abraza­do a la piedra, la atracción del vértigo, la inmensidad del vacío. No era fácil de explicar a quien no lo había vivido. Pero tenían por delante un bonito día de primavera y estaban en los Alpes, en plena Provenza. Había multitud de posibilidades, escaladas más asequibles, sendas a través de cañones, piragüismo…

—¿Qué me dices? ¿Lo intentamos?

Sus compañeros de cordada habían iniciado la ruta la víspera. Ellos se quedaron en Avignon, visitando la fortaleza y paseando por las murallas. Catherine se veía radiante y él también ha­bía disfrutado del día. Alquilaron un coche para llegar a Mont Ventoux y pasaron la noche en un exclusivo hotel rural que Catherine había descubierto gracias a una revista de viajes. Las habitaciones estaban pintadas en alegres colores vivos y el mo­biliario había sido escogido con mimo. Había jarros de lavanda recién cortada en todas las esquinas y un SPA a disposición de los huéspedes. Estaba dispuesto a renunciar al Sialouze, aunque era la razón por la que habían ido hasta allí. Pero ni siquiera por Catherine y toda su perfecta y deslumbrante belleza, se quedaría encerrado entre las cuatro paredes del hotel los únicos días autén­ticamente libres de los que podría disfrutar en meses, como muy bien había señalado ella. Por mucho encanto que tuvieran.

Catherine alzó el rostro y respondió:

—No se trata de eso.

El aviso de mensaje volvió a repetirse. No le gustó cómo sonó, no el mensaje, sino el tono de Catherine. Recogió su camiseta del suelo y se la puso. Ella continuaba en la cama con solo la camisa, pero también comenzó a buscar su ropa interior en el cajón de una de las mesillas.

Había una butaca junto a la cama. Mathieu se sentó. Los codos apoyados en los muslos y los dedos pinzando el puente entre las cejas. Lo hacía a veces, cuando necesitaba descargar la tensión. Fue solo un segundo, enseguida se soltó y la miró a los ojos.

—Entonces, ¿qué es?

—No puedo seguir adelante de este modo. Creí que po­dría, que podríamos, pero me equivoqué.

A pesar de sus imprevisibles y en apariencia espontáneos arranques de pasión, en el fondo siempre tuvo el convenci­miento de que era fría. No se le ocultaba que todos sus pasos eran medidos, que no dejaba nada al azar. No si podía evitar­lo. No lo había considerado un factor irresoluble. En cierto sentido, también él era así y por eso había creído que podrían encajar.

No solo Catherine se había equivocado.

Sus ojos brillaban. Nunca la había visto llorar. El móvil vol­vió a pitar. Los dos habían perdido, pero al menos en ese pun­to, sería ella quien se saliese con la suya.

Le quitó el sonido, pero antes de dejarlo sobre la cómoda y hacerle a Catherine la pregunta que estaba aguardando, tecleó un breve mensaje.

Subid sin mí.

Te recuerdo que la novela se pone a la venta en digital el próximo 25 de abril y en papel el 2 de mayo. Aquí están la sinopsis y el booktráiler, que es alucinante!!

"Mathieu Girard es agente de los Grupos de Intervención de la Gendarmería Nacional, una unidad de élite francesa. Le gusta su trabajo y siente cierta atracción por el riesgo, que se empeña en negar y le causa problemas a la hora de mantener relaciones estables.

Es responsable y reflexivo y su situación afectiva no es su prioridad. En París y en situación de alerta máxima ante la amenaza de ataques terroristas, Mathieu deberá vigilar de cerca a Dmitry Zaitsev, un empresario ruso involucrado en negocios turbios que asegura que puede evitar que una letal partida de armas llegue a manos de los extremistas. Y también conocerá a Nadina.

Todas las señales le advierten de que no debe acercarse a ella, pero, cuando amas el peligro, eso no debería importar."