Semana del Libro con Silvia Sancho

viernes, 24 de abril de 2020

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¡Hola! ¿Qué tal lo pasásteis ayer? ¿Qué lectura os acompañó? Hoy, viernes, Silvia Sancho os propone un plan diferente, nos trae una protagonista inédita, una lectora con la que nos sentiremos identificadas y un fin de semana que promete ser épico.

Cuando la magia comienza en un cámping y entre las páginas de un libro, todo puede pasar; en la trilogía Madrid, las calles de la capital forman un telón de fondo que va acompañando a los protagonistas por rincones únicos, tan suyos que al recorrerlos crees verlos también. El verano que aprendimos a volar, La aventura de saltar contigo y La aventura de soñar despiertos te están esperando si aún no los conoces . Aquí hay muchos guiños, ¡que no se te escape ninguno!



«El día del libro para una lectora es el equivalente a la mañana de Reyes para una niña. En mi agenda, al menos, es el evento más destacado, incluso por encima de mi cumpleaños. Siempre he planeado al minuto el 23 de abril para poder disfrutar de toda la oferta cultural que ofrece mi ciudad: Madrid. Rutas por el Barrio de las Letras, conferencias en la Fundación Telefónica, la feria de los Libros Mutantes de la Casa Encendida y la imprescindible Noche de los Libros. Por eso, por mi casi sagrada devoción a ese día, no guardo un buen recuerdo de 2020. También por eso, el 22 de abril 2021 estaba eufórica. Me acosté pronto y todo, tentada de dejar junto a mi estantería favorita un platito con galletas y un vaso de leche.
La alarma del móvil me despertó a las seis de la mañana, dos horas antes que si hubiera tenido que ir a la academia donde me preparaba las oposiciones. Mi hermana todavía roncaba en la habitación de al lado y mis padres, en la de enfrente. Me duché y me vestí, empleando el mínimo ruido imprescindible, y salí de casa en dirección a uno de esos Vips que conservan en la entrada una boutique con librería; allí adquirí las dos primeras joyas del día: la ansiada traducción del Moranifesto de Caitlin Moran y la tercera entrega de la saga de Juan Gómez Jurado protagonizada por Antonia Scott; también desayuné como una reina —en mi caso más blanca que roja— antes continuar con lo planificado.
De la feria de los Libros Mutantes salí un poco más pobre, pero infinitamente más feliz. No paré de sonreír mientras recorría el Barrio de las letras. Agradecí poder sentarme en el auditorio de la Fundación Telefónica: ya cargaba con dos bolsas a rebosar de libros. Mis tesoros. Los coloqué en el asiento de al lado, como si fueran un espectador más, y me dispuse a silenciar el móvil; entonces fue cuando me di cuenta de que, en el grupo de WhatsApp que tenía con mi hermana, parte de sus colegas, varios primos, dos vecinos y mi inseparable amiga, había más de un centenar de mensajes sin leer. En resumen: se estaban organizando para pasar el fin de semana en el campo. Era algo bastante habitual desde que en nuestras vidas irrumpió «el bicho», nadie quería pasar dentro de cuatro paredes más del tiempo imprescindible, y hasta me pareció buena idea lo del camping, pero, ¿durante La Noche de los Libros? Ni de broma.

Yo estoy liada.
Espero que lo paséis genial.

            Varios mensajes llenos de emoticonos y errores ortográficos me acusaron de ser asocial. Los stickers eran casi todos de Belén Esteban, tumbada en un sofá. Mi inseparable amiga me escribió por privado. 

Me apetece mil, tía.
No puedes hacer una excepción?
Porfiiiiiiiii
            Agnes —la de Gru— con ojitos implorantes cerraba el mensaje.
Sabes que no.
Ve tú y así les demostramos de una vez que no somos siamesas.
            
               Estaba a punto de guardar el teléfono cuando recibí otro wasap. Era de él. ¡DE ÉL! El colega de mi hermana que NUNCA me enviaba privados.
Si te lo piensas mejor, yo pillaré el bus mañana.
Podemos ir juntos.
            La conferencia comenzó en el auditorio y yo todavía pestañeaba ante el mensaje. Fue un asistente, sentado a la derecha de mis libros, el que me sacó de la inopia con un sonoro carraspeo.

            Vale, gracias.

            Él no me contesto y tampoco se fue de mi cabeza durante la conferencia, ni mientras recorría el centro de Madrid de librería en librería, de evento en evento. Eran más de las doce de la noche cuando llegué a casa. Estaba agotada, pero no podía dormir. De madrugada asumí que no iba a pegar ojo y… me puse a preparar la bolsa para ir al camping. Total, iba a dedicar el finde a leer; podría hacerlo igual respirando aire libre.
            Conseguí aguardar hasta las ocho de la mañana para escribirle.

¿A qué hora vas a coger el autobús?
            Hasta las nueve y media no me respondió.

¿Siempre madrugas tanto los sábados?

            No tenía intención de confesar que me había desvelado su anterior mensaje, así que, mentí:
Casi siempre, sí.
Pues tendrás que echarte la siesta o esta noche no vas a aguantarme nada.

            «AguantarME». Mi lado más pervertido me alzó una ceja.
No estoy cansada.

Curiosamente, eso era cierto: aunque no había dormido ni un minuto estaba llena de energía. ¿Las feromonas sexuales interferían en la producción de melatonina? Debía repasarme ese tema… otro día.

Bueno es saberlo.
Nos vemos en el intercambiador de Moncloa, ¿a las once?
Perfecto.
Hasta luego.

Él me envió el emoticono que lanza besitos con forma de corazón. Alcé la otra ceja y, cuando creí lo que estaba viendo era cierto, levanté el brazo derecho, estiré el dedo anular, el índice y el corazón y pronuncié con solemnidad: «Que comiencen los juegos del camping».
No supe de donde había salido aquella Katniss-metamorfosis, pero lo cierto es que me sentí valiente. Después de ducharme y arreglarme, hasta me vi más guapa frente al espejo del armario. ¿También estaba más delgada? Y… ¿eso que abultaba bajo el jersey eran mis…? Vaya, vaya… Por fin habían aparecido. Sabía yo que lo de comer almendras daría resultado tarde o temprano.
Salí de mi dormitorio, mochila al hombro, como si fuera una influencer grabando un Tik Tok. Media docena de pasos garbosos después, en medio del salón, mi gato me miró con desprecio.
 —A que te hago el challenge del chóped… —le amenacé.
Mi gato bostezó antes de lamerse la entrepierna: su pasatiempo favorito.
Llegué al intercambiador de Moncloa a las once menos diez y él ya estaba allí. Dicen que no hay que juzgar un libro por la portada, pero, jo, es que, si colocaran su sonrisa en una cubierta, compraría la primera edición entera. Y, seguramente, la segunda.
            —¡Hola! —me dijo.
            Y con esa simple palabra, con la alegría de su tono, yo ya estuve tentada a preguntarle si me podía ayudar a estrenar lo que daba un nuevo volumen a mi jersey.
            —Hola. ¿Ese es nuestro bus? —Señalé el estacionado en la dársena aledaña.
            —Sí, vamos.
            Ambos deslizamos nuestro abono por el lector después de saludar al conductor y nos sentamos junto a la puerta trasera. Apenas subieron al bus media docena de pasajeros más antes de que iniciáramos la marcha.
            —Me alegro de que te hayas animado a venir —me dijo él con aquella sonrisa digna de best seller.
            —Sí, yo también me alegro. Me apetece más de lo que pensaba esta escapadita. —Tragué saliva en intenté disimular mis intenciones—. Hace poco he leído una serie ambientada, gran parte, en un camping y tenía ganas de ir a uno.
De pronto, recordé que el camping de los libros estaba en la misma sierra de Madrid a donde nos dirigíamos. Sonreí de oreja a oreja. Él me miró con extrañeza y sacó el móvil del bolsillo.
—¿Cómo se titulan?
—El primero es «El verano que aprendimos a volar».
Tecleó el nombre y, al poco, suspiró.
—Son románticos.
—Sí, ¿por? —Fruncí el ceño mientras rezaba para que no fuera uno de esos cretinos género-fóbicos.
—Porque, por un momento, he pensado que las historias podían ser en plan Viernes 13: un montón de jóvenes que mueren desmembrados en un camping. —Sonrió—. Pero, si son de amor, ya me quedo más tranquilo. Me gustan ese tipo de historias. Sobre todo, las que acaban bien.
—Ya, seguro… —me burlé.
—¿No me crees? —Se hizo el ofendido—. Yo también lloré cuando Katniss se quedó con Peeta, ¿vale?
Miré por la ventanilla para ocultar mi cara de satisfacción total y elevé la vista al cielo. Aquello tenía que ser una señal divina, por lo menos. ¿Era prudente pedirle matrimonio ya o mejor me esperaba a llegar al camping? Me decanté por la segunda opción poco antes de que el autobús se detuviera en nuestra parada.
Cruzamos la carretera de doble sentido y continuamos a pie por un camino de tierra; al fondo se atisbaba el control de acceso del camping y una pequeña edificación con el techo de tejas castellanas, igual a la descrita en los libros.
—Voy a escribir a estos —dijo él.
Gracias a ese mensaje pudimos dar los números de nuestras cabañas en el interfono que había en el acceso. Aun así, tuvimos que entrar en recepción para registrarnos. Él me cedió el paso en la puerta. Le agradecí el gesto, entré y saludé a una chica que había tras el mostrador. Era rubia, pecosa, de figura espigada, con los ojos de un color indefinible… «Lara» leí en la chapa que llevaba prendida en el polo. Parpadeé.
—Bienvenidos al camping, chicos. ¿En qué puedo ayudaros?
Mientras él se lo explicaba y mi mente volaba a mil por hora —intentando encontrar una explicación lógica a que aquella chica fuera idéntica a la protagonista de uno de los libros—, conseguí sacar el DNI del monedero.
Lara empezó a anotar nuestros datos en el ordenador cuando la puerta que teníamos a la derecha se abrió.
—Ya está lista esta mierda —dijo un chico grande, fuerte, con el pelo rizado y denso, tan oscuro como sus ojeras; dejó sobre el mostrador un taco de trípticos publicitarios después de saludarnos.
—Gracias, Sergio —le dijo la recepcionista.
Y, a mí, me entró la risa. ¡Era el prota del tercer libro! Intenté disimular con toses, pero los tres me miraron con extrañeza. Él me preguntó:
—¿Qué te pasa?
—Nada, es que me he acordado de una cosa…
Miré a Lara y abrí la boca para averiguar si era quien yo pensaba, pero… No. Aquello sonaba demasiado loco.
—Si no me necesitas para nada más —le dijo Sergio—, me voy al súper.
—Claro —dijo la rubia—, allí seguro que puedes echar una mano.
—O las dos. —Sergio guiñó un ojo antes de despedirse y salir de recepción.
—Vale, pues… os devuelvo los carnets —Lara nos dio los DNI— y ya estaría todo. Que disfrutéis del camping.
—Seguro que sí —dijo él.
—Gracias —musité yo.
Mientras avanzábamos en dirección a un parque aledaño a un edificio bastante grande empecé a autoevaluarme por si lo que me estaba sucediendo era grave: mis articulaciones respondían con sincronía, ambos oídos captaban sonidos con claridad, mi vista era capaz de enfocar sin esfuerzo… Podía ver con claridad que, el hombre que estaba columpiando a un niño en el parque, era verdaderamente atractivo. Al acercarnos a ellos, me di cuenta de que debían de ser padre e hijo. Las pocas nubes que había en el cielo cubrieron al Sol un segundo y, después, un rayo de luz cayó directamente sobre los ojos del padre. Eran de un verde apabullante. Trastabillé… El tropiezo se convirtió en salto cuando le escuché decir:
—¿Lo dejamos un poquito, Guille, y vamos a ver a mamá?
—¡Hola! —nos gritó el niño.
Le saludamos con la mano y continuamos la marcha. Yo, cada vez más convencida de que, aunque mi cuerpo dijera lo contario, estaba a punto de sufrir un accidente cardiovascular. De ahí las alucinaciones con los personajes de los libros… Porque eran eso, ¿verdad?
Casi llegando al lateral izquierdo del edificio, donde estaba la terraza del restaurante, oí el bullicio de nuestro grupo. Ocupaban tres mesas que habían juntado; sobre ellas había media docena de teléfonos, uno reproducía trap. Mi primo perreaba junto a la cabecera cercana a la puerta del restaurante, otra media docena de teléfonos le grababan. Apenas nos prestaron atención. Una reunión muy normal, vaya…
La puerta del restaurante se abrió hacia fuera con el trasero de una chica bajita, morena, con el pelo muy corto. Cargaba con tres jarras de cerveza de las grandes y una ristra de vasos de papel. Sirvió dos jarras y la tercera se la dio a mi primo en mano.
—Esta para ti, Shakira —le dijo antes de sacudirle una palmada en el hombro.
Todos reímos, ella incluida. Hizo un barrido con la mirada por nuestras caras y se detuvo en nosotros.
—¿Llegáis ahora? —nos preguntó. Ambos asentimos con la cabeza—. Entonces habéis pasado por el parque. ¿Habéis visto a un tío guapísimo con un niño? —Volvimos a asentir—. ¿El guapo seguía entero?
—Sí —le dijo él entre risas.
—Entonces me da tiempo a currarme unas tapitas para las cervezas. ¿Os traigo algo a vosotros?
Una última negación nos despidió de la camarera.
—Yo debería ir al súper —me dijo él—. No me ha dado tiempo de comprar mi parte esta mañana.
—¿Tu parte?
—Pusimos en el grupo lo que debía traer cada uno. ¿No lo leíste?
—Por encima…
            Me sonrió y señaló un camino de gravilla.
            —Tú primero, gorrona.
Rodeamos la terraza para llegar al súper. Nos extrañó un poco encontrar la caja vacía. Deambulamos por los lineales hasta que localizamos los macarrones, el pan de molde y los refrescos. Al pasar por la sección de congelados encontramos a la cajera, estaba sentada en un arcón frigorífico, pero no parecía pasar frío, más bien al contrario: tenía a Sergio entre las piernas.
            —Joder… —Él se rio.
            —Creo que van a hacer justo eso en cuanto nos marchemos.
            Por lo que tardaron en cobrarnos, creo que lo hicieron antes de que nos fuéramos.
La cajera tenía la cara colorada, como a ronchones, cuando ocupó su puesto. Se disculpó con una sonrisa, que nos descubrió un diastema entre sus incisivos superiores, mientras nos hacía la cuenta.
            —¿Queréis una bolsa?
            —No, gracias —dijo él, cogiendo las cosas.
            Ella nos sonrió y señaló mi collar: un cordón de cuero con un corazón de piedra negra, que me habían regalado en una Feria del libro.
            —Me encanta.
            —Obvio —asentí, dando por hecho que estaba soñando.
            Esa teoría, la del delirio onírico, era la más sólida a la que podía agarrarme. Prácticamente me convencí de ello cuando íbamos de camino a las cabañas para dejar la compra y las mochilas. A la altura de las pistas de tenis, justo en frente de la piscina, escuché un canturreo. «Voy a vivir el momento, para entender el destino». Era la canción Vivir mi vida de Marc Anthony. Ay. Ay. AY.
            —¿Por qué te paras? —me preguntó él.
            —No, por nada… Es que se me ha metido una piedrecita en la zapatilla.
            Fue soltar esa mentira y caerme del cielo un peñascazo como castigo. Bueno, más bien, fue pelotazo. Directo a uno de mis mofletes. El impacto fue tal que terminé patas arriba en el camino. Él se agachó, muy preocupado. Antes de que pudiera preguntarme si los pajaritos que veía eran o no reales, unos pasos al trote acercaron al dueño de la pelotita.
            —Qué puta puntería, macho —se dijo a sí mismo. También se agachó junto a él. Yo no sabía dónde mirar. Tenía demasiada belleza alrededor. Y pajaritos…—. Menudo zambombazo te he metido… —Pues sí. Y sin encimera de por medio como en mi fantasías—. Lo siento mucho. Vamos a levantarte, ¿de acuerdo?
            Los dos me sostuvieron para ponerme en pie. Estuve por hacerme la desmayada para que me sujetaran otro poco.
            —¿Te mareas? —me preguntó él.
            Tarareé una negación.
            —¿Puedes hablar? —me preguntó el tenista.
            —Claro. —Sonreí como una boba—. Tú pides, yo vuelo.
            Ninguno de los dos chicos me entendió. Ni falta que hizo. Tiré del brazo de él para continuar la marcha y, al llegar a mi cabaña, a los pies de la escalera del porche le pregunté:
            —¿Tú crees en la magia?
            Él frunció el ceño y observó mis ojos.
Dicen que es posible enamorarse con una sola mirada. Yo opino que sin ella también. Estaba colgadísima por él desde hacía años y estaba segura de que nunca me había dedicado un triste vistazo de reojo. Y, por fin, me estaba viendo. Tal cual era. Con mis delirios y todo. Y me jugaba el arco de Katniss a que le interesaba lo que contemplaba.
            —¿Crees o no? —insistí.
            —No estoy seguro —dijo con una sonrisa creciente.
            —Yo tampoco. ¿Lo comprobamos?
            Cuando la curva de sus labios formó una sonrisa llena, le besé. Y, como en los libros, el tiempo, la rotación planetaria y nuestros corazones se detuvieron. Solo un segundo. Solo para coger impulso. Todo empezó a girar después. Deprisa. Más deprisa. Sentí que las estaciones corrían en círculos a nuestro alrededor. Sentí el calor de un día de verano, el de una tarde de manta y sofá de otoño, el del hogar en invierno y una nueva primavera floreciendo en mi interior. Todo se llenó de flores y de luz. Una luz intensa. Demasiado intensa. Molestamente intensa.
            —Venga, arriba, dormilona —escuché decir a mi hermana.
            —Eh… ¿cómo? —Intenté parpadear, pero tenía los ojos medio pegados; me los froté.
            —Que te levantes ya, que son las nueve.
            —Pero…
            Al abrir los ojos fui deslumbrada por la claridad de la calle. Después de pestañear varias veces, pude confirmar que estaba en mi habitación.
            —¿Con qué estabas soñando? —Mi hermana me miró con burla—. Parecía que te estabas enrollando con la almohada.
            Efectivamente, la encontré húmeda y mi boca, seca como el esparto.
            —No me acuerdo —refunfuñé.
            Sabía yo que lo del camping era un sueño, pero…, jo, era un sueño tan bonito…
            —Creo que es la primera vez que te veo con mala cara el día del libro —dijo mi hermana antes de salir del dormitorio. Bueno, al menos, me quedaba el consuelo de tener por delante mi día del año preferido—. Oye… —Se detuvo en la puerta—. ¿Y si nos vamos por ahí este finde? Al campo o así… —No me dejó contestar—. Voy a escribir a estos.»

Soñamos, no solo cuando dormimos, también cuando leemos, ¿no estáis de acuerdo? Habéis reconocido a todos los protas de la serie Madrid, ¿no?

Muchas gracias, Silvia Sancho ;)

Semana del Libro con Cherry Chic

jueves, 23 de abril de 2020

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¡Hola y Feliz Día del Libro! 23 de abril de 2020, creo que jamás olvidaremos este día, es diferente, sin duda, pero la celebración en las calles esperará, sin duda. Releed vuestro libro favorito; empezad, por fin, ese eterno pendiente; escoged varios libros de vuestra biblioteca y leed páginas al azar; añadid algún título más a la lista que seguro tenéis para comprar cuando podamos salir... Celebrad este día como queráis, pero entre libros.

Hoy es Cherry Chic quien se pasa por aquí para regalarnos un chat de la Familia León y agregados. No sabéis la ilusión que me hace tener un chat en el blog!! En serio, nivel fan loca, pero es que Julieta, Diego, Esme, Nata, Álex, Eli, Amelia, Einar, Marco, Erin, Javier y Sara se han convertido en parte de la familia.

Ellos están decidiento qué libro escoger para organizar un club de lectura, Cherry ya lo ha organizado, en su perfil de Instagram y mañana, viernes 24, tocará comentar A la de tres: ¡te quiero!, y cada viernes, se comentará cada uno de los libros de la serie, en orden. No os lo perdáis porque lo vamos a pasar genial.

El 4 de junio llegan dos historias especiales, Ella, yo y la gran idea de ser y Él, yo y la gran idea de encender París, las historias de Vic y Adam y Óscar y Emma respectivamente. Nos harán reír y llorar, como ya es habitual en las novelas de esta autora, adentrarte entre sus páginas con una carcajada y acabar, inevitablemente, emocionada hasta las lágrimas.
















Confesad cuántas carcajadas habéis soltado con este chat, yo, ¡unas cuantas! Seguiremos viviendo con esta familia momentos especiales, sin duda.

Cuéntame cómo pasarás este Día del Libro.

Muchas gracias, Cherry Chic ;)

Semana del Libro con Anna Casanovas

miércoles, 22 de abril de 2020

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¡Hola! Estamos en el ecuador de una semana cargada de celebraciones virtuales, ¿ya habéis apuntado todos los directos que queréis ver? Seguro que sí, y que pasáis un rato genial intercambiando opiniones o haciendo preguntas a vuestros autores y autoras favoritos.

De todo es bien sabido que Anna es para mí una autora especial por muchas razones, las he contado otras veces, y que cada vez que le propongo algo para el blog y me dice que sí, me emociono. En esta ocasión son Miguel y Cata, protagonistas de Carolina y Los Valientes, su último libro publicado con Titania y ganador del Galardón de Letras del Mediterráneo.

Es una historia completísima que te lleva hasta la historia reciente de España, en un momento convulso, de transición entre el pasado lleno de represión y un futuro de libertades que por momentos se vislumbraba lejano; todo ello con una parte de investigación emocionantísima y con una pareja que tiene unas escenas fantástica, con tensión, con mucha conexión, con grandes secretos que desvelar y en definitiva, por las que no puedes dejar de leer el libro.

Os dejo con las palabras de la propia Anna antes de que leáis lo que supone un Sant Jordi para un autor primerizo:

«Los protagonistas de esta escena son Miguel y Cata, dos de los personajes protagonistas de Carolina y los Valientes, mi última novela. Podéis leerla tanto si habéis leído la novela como si no. No hay ningún spoiler. En serio. Ninguno. Excepto, claro está, que la pareja protagonista acaba bien y, si me lo permitís, este año los finales felices son más necesarios que nunca.
Feliz Sant Jordi y feliz día del libro.

Si habéis leído la novela, creo que os encantará ver cómo están Miguel y Cata y también otros personajes de Carolina y los Valientes ;-)

Gracias, Sara por invitar a Cata y a Miguel a pasar este día tan especial en tu casa.

Sant Jordi 2019»



«Hay muchos días para publicar un libro, trescientos sesentaicinco para ser exactos, sesentaiséis si es año bisiesto. Y años hay muchísimos, se pueden publicar libros incluso después de muerto, puedes dejar que tus herederos se ocupen de ello. O puedes no publicarlo nunca. Esa es la opción más sensata.

—En qué estaría pensando, esto es una locura.

Miguel abandonó la idea de dormir y se sentó en la cama. Hacía meses que no le despertaban las pesadillas y sin embargo esa última semana apenas había conseguido descansar. No había encendido la luz y estaba apartando la sábana cuando notó la mano de Cata en la espalda.

—Lo siento —susurró— no quería despertarte.

—No importa. —Ella dibujó círculos con la palma por encima de la piel de él y Miguel cerró los ojos y soltó el aliento—. Yo siempre acabo despertándote cuando regreso o voy a una guardia en el hospital. Siempre me tropiezo con algo que has dejado tirado por la habitación —bromeó con la intención de seguir relajándole y también le depositó un beso en el hombro desnudo al sentarse detrás de él—. ¿Es por lo de mañana, por Sant Jordi?

A Miguel se le escapó una risa ahogada.

—Claro que es por lo de mañana. ¿Qué voy a hacer, Cata?

—¿Cómo que qué vas a hacer? Vas a ir a firmar libros a las librerías que te lo han pedido y después iremos a cenar con nuestros amigos.

Miguel dejó caer la cabeza y hundió los dedos en el pelo.

—Yo no pinto nada en Sant Jordi.

—Cariño. —Cata se levantó, encendió la luz de la mesilla de noche y se colocó entre las piernas que Miguel ya había sacado de la cama donde seguía sentado—. Tu novela se publicó hace tres meses, Carolina y los Valientes está funcionando muy bien y es normal que los libreros y los lectores quieran celebrar este día contigo. Pintas mucho.

Miguel soltó el aliento, sabía que los nervios eran algo normal, se imaginaba que incluso los escritores que ya habían vivido más de un día del libro los tenían, pero su vida había cambiado tanto en los últimos y tan a mejor que en ocasiones, como esa noche, tenía miedo de que todo fuera un sueño.

—No solo es por lo de mañana. —Llevó casi sin querer las manos hasta la parte trasera de las rodillas desnudas de Cata. Más que sin querer fue un acto reflejo. No podía tenerla tan cerca y no tocarla—. Todo esto es…

—Eh, para. ¿Vas a decirme otra vez que te están pasando demasiadas cosas buenas? —Lo observó sonreír y le acarició la mejilla—. Creía que ya dejado de pensar así.

—Y lo he hecho. —Las sesiones de terapia a las que había empezado a acudir el año anterior sin duda habían ayudado. No pedir ayuda antes había sido un gran error por su parte—. Solo que… —Tiró de Cata hacia él para hundir el rostro en sus muslos—. Sant Jordi, Cata. Tú. Esto.

Se apartó un poco y guio la mirada hacia arriba en busca de la de ella.

—¿Esto? -Cata arrugó el cejo.

Miguel atrapó la mano que ella tenía aún en su rostro y acarició el anillo que le había regalado la noche de fin de año. Habían ido a pasar unos días en Nueva York con el hermano de Cata y justo antes de las campanadas le preguntó si quería casarse con él. Ella tardó unos segundos en responder, segundos que a él se le hicieron eternos, pero lo hizo con un sí, una sonrisa y unos besos que ninguno olvidaría jamás.

—Esto. Todavía estás a tiempo de cambiar de opinión.

—Ni lo sueñes.

Y entonces Cata debió decidir que Miguel necesitaba algo más que palabras para ahuyentar los temores de esa madrugada y capturó sus labios e instantes más tarde el resto del cuerpo y sus pensamientos.



Horas más tarde sonó el despertador y Miguel, desnudo y todavía con una sonrisa en el rostro que dudaba fuese a perder en la vida, se desperezó. Cata, con una sonrisa idéntica y un beso de despedida, ya se había ido a trabajar y él había quedado con Macarena para desayunar antes de ir a la primera librería. Tenía muchas ganas de charlar un rato con su anterior jefa y amiga. Todavía escribía artículos para el periódico, pero ahora como periodista free lance. Lo había sugerido la psicóloga de Miguel en una de sus primeras visitas y lo cierto es que había sido todo un acierto; había recuperado su relación de amistad con Maca y según ella los artículos que escribía él ahora que “era un espíritu libre” eran mucho mejores que los de antes. Por no mencionar que la libertad horaria le permitía adaptarse mejor a los turnos de Cata en el hospital y le dejaban tiempo para escribir. Ya estaba trabajando en su segunda novela, algo que si lo pensaba demasiado le producía una enorme sensación de vértigo. Y felicidad.

Maca lo abrazó en cuanto lo vio, a la directora del periódico le encantaba mantener una imagen de intelectual fría e inaccesible, pero cualquiera que la hubiese visto esa mañana se habría dado cuenta de lo contenta que estaba por ver a Miguel así.

—Te estás engordando —se rio sin soltarlo—. Y no tienes ojeras. Casi no te he reconocido cuando has entrado en el café.

—Yo también me alegro de verte, Macarena. Tú estás tan guapa como siempre.

—Oh, calla. Sabes de sobra que estás insoportablemente atractivo. Suerte que Cata no dejará que se te suban los humos a la cabeza. Adoro a esa chica, no dejes que se te escape.

—Tiene gracia que digas eso, justo hace unas horas le he preguntado si estaba segura de querer casarse conmigo.

Macarena casi escupió el café.

—¿Que has hecho qué?

—Tranquila, dice que sí. Que está muy segura. —Miguel, extraño en él, se sonrojó—. No sé qué haría sin ella.

—Saldrías adelante. —Maca colocó una mano encima de la que Miguel tenía en la mesa junto al café—. Pero me alegro de que la tengas a tu lado. ¿Listo para ir a firmar un montón de libros, señor Autor?

—Listo.



La última librería del día era la de Alba, la mejor amiga de Cata, y la preferida de Miguel porque allí era donde había oído la risa de Cata por primera vez. Él había entrado por casualidad, había ido en busca de un regalo para un recién nacido y, aunque evidentemente un bebé no podía leer, había pensado que entraría a mirar.

Esquivó a tres niñas que salían con mariposas pintadas en la cara de “Una página más”, así se llamaba la librería. Típico de Alba pensar que no tenía bastante con el ajetreo de Sant Jordi y organizar también actividades infantiles.

—¡Miguel! —Alba se le lanzó al cuello—. ¡Feliz Sant Jordi! Ven. —Tiró de él con esa vitalidad tan suya—, siéntate aquí. Ya tienes cola. Te he dejado una botella de agua y una bebida de esas asquerosas que bebéis tú y Cata.

Se refería a té.

—Gracias. Tienes purpurina en el pelo y en la nariz —le señaló él al mirarla.

—Y en partes no tan nobles. —Lo besó en la mejilla—. Vuelvo a la sección infantil. Te dejo en buenas manos. —Señaló la cola de gente que efectivamente lo estaba esperando para que firmase sus ejemplares de Carolina y los Valientes—. Nos vemos luego.

Y desapareció.

Miguel sudó, tembló, charló con un montón de gente maravillosa y descubrió lo que su libro había significado para esas personas. Cada vez que una lectora o lector se despedía de él dándole las gracias por haber escrito esa novela les respondía que no, que era él el que se sentía agradecido. Había sido muy afortunado al poder descubrir y escribir la historia de Carolina, Luis, Tomás, Mateo, Jaime, Inés y de todas esas personas que lucharon por sus ideales en los sesenta. Las canciones del grupo, de Carolina y los Valientes, habían significado distintas cosas para cada uno de los lectores que conocía; una señora había bailado por primera vez con su marido al son de Esta noche, un caballero había escuchado Valientes durante los días que su primer hijo había pasado en una incubadora al nacer antes de tiempo, una chica, una adolescente, le explicó emocionada que el grupo había sido el preferido de su abuela y que ahora ella no podía parar de escuchar las canciones porque así tenía la sensación de que volvía a jugar a damas con ella.

El afortunado era él, de eso no cabía duda alguna y por eso a medida que la cola se fue haciendo corta Miguel decidió que haría todo lo que estuviera en su mano para estar a la altura del cariño de esas personas que habían dado una oportunidad a su novela, a su historia. Porque sí, en la novela se contaba la historia del grupo, de cómo se formó y de por qué desapareció, pero también estaba la suya, la de la mayor aventura que había vivido en la vida.

—Hola, ¿llego demasiado tarde?

Una voz profunda hizo que Miguel, que ya estaba recogiendo sus cosas con intención de ir a ayudar a Alba, se girase de nuevo hacia delante.

—No… —se quedó sin habla.

—Ya, se supone que no puedo estar aquí. —Una sonrisa ocupó el rostro arrugado y todavía muy atractivo de uno de los protagonistas de la novela de Miguel—. Pero ya sabes, los periodistas a veces hacemos estas cosas. Somos como espías.

Miguel sonrió y salió de detrás de la mesa para ir a dar un abrazo al recién llegado.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—No iba a perderme esto por nada del mundo, chaval. —Le devolvió el abrazo con fuerza—. Se suponía que íbamos a darte una sorpresa durante la cena, pero no he podido esperar. Felicidades.

—Gracias. ¿Dónde está tu santa esposa? —Miguel bromeó porque era eso o ponerse a llorar y le había prometido a Cata que hoy solo sonreiría—. Con tu prometida. Quería pasarse por el hospital y saludar a un antiguo compañero de facultad. Se reunirán con nosotros en el restaurante. Mañana nos vamos, haremos un pequeño recorrido por España, ya me entiendes, y después volvemos a Estados Unidos. La próxima visita sorpresa te toca a ti, a no ser que por fin aceptes venir a trabajar conmigo.

—¿Contigo? Has cambiado el verbo. La última vez que hablamos me dijiste: no seas idiota y vente a trabar para mí.

—Sí, en casa me dijeron que tal vez soy un poco brusco y distante.

—Me lo imagino.

—¿Eso quiere decir que aceptas?

—No. Eso quiere decir que tal vez hable con Cata y si algún día los dos decidimos irnos a vivir a otro país te llame.

—Eh, Miguel y su amigo el interesante señor misterioso que parece Alec Guiness, ¿me ayudáis a recoger para que podamos irnos a cenar?

—Por supuesto, señorita que parece Lucy Lui. Me cae bien esa chica.

—Y a mí —respondió Miguel—, aunque su mal humor es legendario. Será mejor que la ayudemos.



Regresaron a casa a las dos de la madrugada, Miguel estaba agotado y Cata exhausta pero ninguno de los dos tenía sueño o ganas de que aquel día terminase. Ella sujetaba entre dos dedos la preciosa rosa roja que él le había regalado nada más verla en el restaurante y guardaba en el bolsillo de la chaqueta la nota que había acompañado a la flor. Él llevaba metido en el bolsillo la edición preciosa de Peter Pan que ella le había regalado con una dedicatoria muy especial.

—¿Sabes una cosa? —Cata estaba mirando las estrellas, se habían detenido en el portal.

—¿Qué?

—Peter Pan fue un idiota al no quedarse con Tigrilla.

Miguel sonrió, en su casi primera cita (así se referían al café que se habían tomado juntos la tercera vez que se encontraron por casualidad) habían hablado de eso.

—Lo sé.

Después se giró hacia ella y la besó despacio.

—Te quiero, Catalina.

—Y yo a ti, Miguel. Feliz Sant Jordi.

—Contigo, Cata, soy feliz siempre.

Ella sonrió o quizá empezó él y la sonrisa se le contagió a ella y se dieron un último beso antes de entrar en casa.»


Espero que con este relato os vayáis ambientando para la celebración de un día del libro atípica pero en la que tendremos que mantener toda la ilusión. Yo lo haré :)

Contadme, ¿qué os ha parecido reencontraros con Cata y Miguel? Si no la habéis leído aún, ¿qué vibraciones os dan estos protagonistas?

Muchas gracias, Anna Casanovas ;)